Wednesday, December 4, 2013

Guía de trabajo para la película "The Truman Show"









Guía de trabajo para la película The Truman Show, de Peter Weir.
Escriba un documento de entre 2 y 3 páginas, aproximadamente (Times New Roman, 12, doble espacio) sobre la película. En su análisis, puede utilizar las siguientes preguntas para articular su exposición.

1.           ¿Cómo se caracteriza en la película el poder de la televisión?
2.           Michel Foucault define el “panóptico” como una arquitectura de la visión permanente. El poder puede verlo todo, pero nunca es visto. ¿Sucede algo de esto en la película? ¿De qué manera?
3.       Foucault también caracteriza al poder como una instancia de construcción de la realidad: “El poder construye, el poder crea lo real”. ¿Sucede algo de esto en la película?

4.       ¿Cuál es la resistencia al poder que plantea la película? ¿Qué formas concretas toma esa resistencia? 

Friday, November 15, 2013

Jean Baudrillard: Cultura y simulacro.

Si ha podido parecemos la más bella alego-
ría de la simulación aquella fábula de Borges en
que los cartógrafos del Imperio trazan un mapa
tan detallado que llega a recubrir con toda exac-
titud el territorio (aunque el ocaso del Imperio
contempla el paulatino desgarro de este mapa
que acaba convertido en una ruina despedazada
cuyos girones se esparcen por los desiertos
—belleza metafísica la de esta abstracción arrui-
nada, donde fe del orgullo característico del
Imperio y a la vez pudriéndose como una carroña,
regresando al polvo de la tierra, pues no es
raro que las imitaciones lleguen con el tiempo
a confundirse con el original) pero ésta es una
fábula caduca para nosotros y no guarda más que
el encanto discreto de los simulacros de segun-
do orden.
Hoy en día, la abstracción ya no es la del
mapa, la del doble, la del espejo o la del con-
cepto. La simulación no corresponde a un terri-
torio, a una referencia, a una sustancia, sino
que es la generación por los modelos de algo
real sin origen ni realidad: lo hiperreal. El terri-
torio ya no precede al mapa ni le sobrevive. En
adelante será el mapa el que preceda al terri-
 torio —PRECESIÓN DE LOS SIMULACROS— y
el que lo engendre, y si fuera preciso retomar
la fábula, hoy serían los girones del territorio
los que se pudrirían lentamente sobre la super-
ficie del mapa. Son los vestigios de lo real, no
los del mapa, los que todavía subsisten espar-
cidos por unos desiertos que ya no son los del
Imperio, sino nuestro desierto. El propio desier-
to de lo real.
De hecho, incluso invertida, la metáfora es
inutilizable. Lo único que quizá subsiste es el
concepto de Imperio, pues los actuales simula-
cros, con el mismo imperialismo de aquellos car-
tógrafos, intentan hacer coincidir lo real, todo
lo real, con sus modelos de simulación. Pero no
se trata ya ni de mapa ni de territorio. Ha cam-
biado algo más: se esfumó la diferencia sobera-
na entre uno y otro que producía el encanto de
la abstracción. Es la diferencia la que produce
simultáneamente la poesía del mapa y el em-
brujo del territorio, la magia del concepto y el
hechizo de lo real. El aspecto imaginario de la
representación —que culmina y a la vez se hun-
de en el proyecto descabellado de los cartógra-
fos— de un mapa y un territorio idealmente su-
perpuestos, es barrido por la simulación —cuya
operación es nuclear y genética, en modo algu-
no especular y discursiva. La metafísica entera
desaparece. No más espejo del ser y de las apa-
riencias, de lo real y de su concepto. No más
coincidencia imaginaria: la verdadera dimensión
 de la simulación es la miniaturización genética.
Lo real es producido a partir de células minia-
turizadas, de matrices y de memorias, de mode-
los de encargo— y a partir de ahí puede ser re-
producido un número indefinido de veces. No po-
see entidad racional al no ponerse a prueba en
proceso alguno, ideal o negativo. Ya no es más
que algo operativo que ni siquiera es real puesto
que nada imaginario lo envuelve. Es un hiperreal,
el producto de una síntesis irradiante de mode-
los combinatorios en un hiperespacio sin atmós-
fera.
En este paso a un espacio cuya curvatura ya
no es la de lo real, ni la de la verdad, la era de
la simulación se abre, pues, con la liquidación
de todos los referentes —peor aún: con su re-
surrección artificial en los sistemas de signos,
material más dúctil que el sentido, en tanto que
se ofrece a todos los sistemas de equivalencias,
a todas las oposiciones binarias, a toda el álge-
bra combinatoria. No se trata ya de imitación
ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino
de una suplantación de lo real por los signos de
lo real, es decir, de una operación de disuasión
de todo proceso real por su doble operativo, má-
quina de índole reproductiva, programática, im-
pecable, que ofrece todos los signos de lo real y,
en cortocircuito, todas sus peripecias. Lo real
no tendrá nunca más ocasión de producirse —tal
es la función vital del modelo en un sistema de
muerte, o, mejor, de resurrección anticipada que
 no concede posibilidad alguna ni al fenómeno
mismo de la muerte. Hiperreal en adelante al
abrigo de lo imaginario, y de toda distinción en-
tre lo real y lo imaginario, no dando lugar más
que a la recurrencia orbital de modelos y a la
generación simulada de diferencias.
Disimular es fingir no tener lo que se tiene.
Simular es fingir tener lo que no se tiene. Lo uno
remite a una presencia, lo otro a una ausencia.
Pero la cuestión es más complicada, puesto que
simular no es fingir: «Aquel que finge una enfer-
medad puede sencillamente meterse en cama y
hacer creer que está enfermo. Aquel que simula
una enfermedad aparenta tener algunos sínto-
mas de ella» (Littré). Así, pues, fingir, o disimu-
lar, dejan intacto el principio de realidad: hay
una diferencia clara, sólo que enmascarada. Por
su parte la simulación vuelve a cuestionar la
diferencia de lo «verdadero» y de lo «falso», de
lo «real» y de lo «imaginario». El que simula,
¿está o no está enfermo contando con que os-
tenta «verdaderos» síntomas? Objetivamente,
no se le puede tratar ni como enfermo ni como
no–enfermo. La psicología y la medicina se de-
tienen ahí, frente a una verdad de la enfermedad
inencontrable en lo sucesivo.

Pues si cualquier síntoma puede ser «produ-
cido» y no se recibe ya como un hecho natural,
toda enfermedad puede considerarse simulable
y simulada y la medicina pierde entonces su sen-
tido al no saber tratar mas que las enfermedades
«verdaderas» según sus causas objetivas. La
psicosomática evoluciona de manera turbia en
los confines del principio de enfermedad. En
cuanto al psicoanálisis, remite el síntoma desde
el orden orgánico al orden inconsciente: una vez
más éste es considerado más «verdadero» que
el otro. Pero, ¿por qué habría de detenerse el
simulacro en las puertas del inconsciente? ¿Por
qué el «trabajo» del inconsciente no podría ser
«producido» de la misma manera que no impor-
ta qué síntoma de la medicina clásica? Así lo son
ya los sueños.
Claro está, el médico alienista pretende que
«existe para cada forma de alienación mental un
orden particular en la sucesión de síntomas que
el simulador ignora y cuya ausencia no puede
engañar al médico alienista». Lo anterior (que
data de 1865), para salvar a toda costa un prin-
cipio de verdad y escapar así a la problemática
que la simulación plantea —a saber: que la ver-
dad, la referencia, la causa objetiva, han dejado
de existir definitivamente. ¿Qué puede hacer la
medicina con lo que fluctúa en los límites de la
enfermedad o de la salud, con la reproducción
de la enfermedad en el seno de un discurso que
ya no es verdadero ni falso? ¿Qué puede hacer
el psicoanálisis con la repetición del discurso del
inconsciente dentro de un discurso de simula-
ción que jamás podrá ser desenmascarado al ha-
ber dejado de ser falso?
¿Qué puede hacer el ejército con los simula-
dores? Tradicionalmente, los desenmascara y
los castiga en base a patrones fijos, y preclaros,
de detección. Hoy por hoy, puede reformar al
mejor de los simuladores como si de un homo-
sexual, un cardíaco o un loco «verdaderos» se
tratara. Incluso la psicología militar retrocede
ante las claridades cartesianas y se resiste a lle-
var a cabo la distinción entre lo verdadero y lo
falso, entre el síntoma «producido» y el síntoma
auténtico: «Si interpreta tan bien el papel de
loco es que lo está.» Y no se equivoca: en este
sentido, todos los locos simulan, y esta indistin-
ción constituye la peor de las subversiones. Pre-
cisamente contra ella se ha armado la razón
clásica con todas sus categorías, pero las ha des-
bordado y el principio de verdad ha quedado de
nuevo cubierto por las aguas.
Más allá de la medicina y del ejército, cam-
pos predilectos de la simulación, el asunto remi-
te a la religión y al simulacro de la divinidad:
 «Prohibí que hubiera imágenes en los templos
porque la divinidad que anima la naturaleza no
puede ser representada.» Precisamente sí puede
serlo, pero ¿qué va a ser de ella si se la divul-
ga en iconos, si se la disgrega en simulacros?
¿Continuará siendo la instancia suprema que
sólo se encarna en las imágenes como represen-
tación de una teología visible? ¿O se volatilizará
quizá en los simulacros, los cuales, por su cuen-
ta, despliegan su fasto y su poder de fascina-
ción, sustituyendo el aparato visible de los ico-
nos a la Idea pura e inteligible de Dios? Justa-
mente es esto lo que atemorizaba a los icono-
clastas, cuya querella milenaria es todavía la
nuestra de hoy.
Debido en gran parte a que pre-
sentían la todopoderosidad de los simulacros, la
facultad que poseen de borrar a Dios de la con-
ciencia de los hombres; la verdad que permiten
entrever, destructora y anonadante, de que en el
fondo Dios no ha sido nunca, que sólo ha existi-
do su simulacro, en definitiva, que el mismo Dios
nunca ha sido otra cosa que su propio simula-
cro, ahí estaba el germen de su furia destruc-
tora de imágenes. Si hubieran podido creer que
éstas no hacían otra cosa que ocultar o enmas-
carar la Idea platónica de Dios, no hubiera exis-
tido motivo para destruirlas, pues se puede vi-
vir de la idea de una verdad modificada, pero su
desesperación metafísica nacía de la sospecha
de que las imágenes no ocultaban absolutamente
nada, en suma, que no eran en modo alguno imá-
genes, sino simulacros perfectos, de una fasci-
nación intrínseca eternamente deslumbradora.
Por eso era necesario a toda costa exorcisar la
muerte del referente divino.
Está claro, pues, que los iconoclastas, a los
que se ha acusado de despreciar y de negar las
imágenes, eran quienes les atribuían su valor
exacto, al contrario de los iconólatras que, no
percibiendo más que sus reflejos, se contenta-
ban con venerar un Dios esculpido. Inversamen-
te, también puede decirse que los iconólatras
fueron los espíritus más modernos, los más aven-
tureros, ya que tras la fe en un Dios posado en
el espejo de las imágenes, estaban representan-
do la muerte de este Dios y su desaparición en
la epifanía de sus representaciones (no ignora-
ban quizá que éstas ya no representaban nada,
que eran puro juego, aunque juego peligroso,
pues es muy arriesgado desenmascarar unas
imágenes que disimulan el vacío que hay tras
ellas).
Así lo hicieron los jesuitas al fundar su po-
lítica sobre la desaparición virtual de Dios y la
manipulación mundana y espectacular de las
conciencias —desaparición de Dios en la epifa-
nía del poder—, fin de la trascendencia sirvien-
do ya sólo como coartada para una estrategia
liberada de signos y de influencias. Tras el ba-
rroco de las imágenes se oculta la eminencia
gris de la política.
 Así pues, lo que ha estado en juego desde
siempre ha sido el poder mortífero de las imá-
genes, asesinas de lo real, asesinas de su pro-
pio modelo, del mismo modo que los iconos de
Bizancio podían serlo de la identidad divina.
A este poder exterminador se opone el de las
representaciones como poder dialéctico, media-
ción visible e inteligible de lo Real. Toda la fe
y la buena fe occidentales se han comprometido
en esta apuesta de la representación: que un
signo pueda remitir a la profundidad del sentido,
que un signo pueda cambiarse por sentido y que
cualquier cosa sirva como garantía de este cam-
bio —Dios, claro está. Pero ¿y si Dios mismo
puede ser simulado, es decir reducido a los sig-
nos que dan fe de él? Entonces, todo el sistema
queda flotando convertido en un gigantesco si-
mulacro —no en algo irreal, sino en simulacro,
es decir, no pudiendo trocarse por lo real pero
dándose a cambio de sí mismo dentro de un cir-
cuito ininterrumpido donde la referencia no exis-
te.

Al contrario que la utopía, la simulación par-
te del principio de equivalencia, de la negación
radical del signo como valor, parte del signo
como reversión y eliminación de toda referen-
cia. Mientras que la representación intenta ab-
sorber la simulación interpretándola como falsa
representación, la simulación envuelve todo el
 edificio de la representación tomándolo como
simulacro.
Las fases sucesivas de la imagen serían és-
tas:
— es el reflejo de una realidad profunda
— enmascara y desnaturaliza una realidad
profunda
— enmascara la ausencia de realidad pro-
funda
— no tiene nada que ver con ningún tipo de
realidad, es ya su propio y puro simula-
cro.
En el primer caso, la imagen es una buena
apariencia y la representación pertenece al or-
den del sacramento. En el segundo, es una mala
apariencia y es del orden de lo maléfico. En el
tercero, juega a ser una apariencia y pertenece
al orden del sortilegio. En el cuarto, ya no co-
rresponde al orden de la apariencia, sino al de
la simulación.
El momento crucial se da en la transición
desde unos signos que disimulan algo a unos
signos que disimulan que no hay nada. Los pri-
meros remiten a una teología de la verdad y del
secreto (de la cual forma parte aún la ideología).
Los segundos inauguran la era de los simulacros
y de la simulación en la que ya no hay un Dios
que reconozca a los suyos, ni Juicio Final que
separe lo falso de lo verdadero, lo real de su re-
surrección artificial, pues todo ha muerto y ha
resucitado de antemano.
Cuando lo real ya no es lo que era, la nos-
talgia cobra todo su sentido. Pujanza de los mi-
tos del origen y de los signos de realidad. Pujan-
za de la verdad, la objetividad y la autenticidad
segundas. Escalada de lo verdadero, de lo vivi-
do, resurrección de lo figurativo allí donde el ob-
jeto y la sustancia han desaparecido. Producción
enloquecida de lo real y lo referencial, paralela
y superior al enloquecimiento de la producción
material: así aparece la simulación en la fase
que nos concierne —una estrategia de lo real,
de neo–real y de hiperreal, doblando por doquier

una estrategia de disuasión. 

Tuesday, November 12, 2013

Guía de trabajo: La sonámbula (Fernando Spiner, 1997)




Escriba un mini-paper (entre 2 y 3 páginas, Times New Roman 12, doble espacio) sobre la película de Fernando Spiner. Puede tomar los siguientes puntos como guía.

1. ¿Qué relación establece la película entre poder, comunicación y memoria? Mencione ejemplos.
2. ¿Qué relación existe entre el Campo y la Ciudad en términos de la comunicación?
3. ¿Cómo funciona la figura de Gauna en relación a la dictadura que gobierna la ciudad?
4. ¿Por qué el Estado dictatorial trata de controlar los sueños?
5. ¿Cuál sería, en su opinión, el camino para una resistencia política contra la dictadura, según los términos establecidos por la película?


Saturday, November 2, 2013

La Antena (Argentina, 2007).



Guía de trabajo para la película LA ANTENA, de Esteban Sapir.
Escriba un documento de entre 2 y 3 páginas, aproximadamente (Times New Roman, 12, doble espacio) sobre la película. En su análisis, puede utilizar las siguientes preguntas para articular su exposición.

1.      ¿Cómo se caracteriza en la película el poder de la televisión?
2.      ¿Por qué “la voz” es una propiedad de la televisión, y de nadie más?
3.      ¿Qué relación se establece en la película entre monopolio de la información y monopolio económico?
4.      ¿Por qué el niño que ha heredado la capacidad de hablar no tiene ojos? ¿Qué lectura hace de este símbolo?
5.      ¿Qué lectura hace usted de la frase “Nos han quitado la voz, pero aún tenemos las palabras”?

6.      ¿En qué consistiría una revuelta contra el sistema, según el esquema que plantea la película?

Monday, September 2, 2013

Soneto sin escrúpulos

Dice Platón que Sócrates sabía
solamente que no sabía nada.
Griego escrupuloso, de la negada
certeza hacía su sabiduría.
La gente que va al ágora estos días
a conversar al fin de la jornada,
mira el Mundial, comenta las jugadas,
habla de fútbol –no de filosofía–
y aplaude a un duro e inescrupuloso
cancerbero tenaz al que no cabe
reproche alguno por el vano acoso
sobre el presunto dueño de la llave
del gol. Papastathopoulos penoso:
un Sócrates que ignora que no sabe.

Soneto con reservas

Brecht, el de la gorra, y Ezra, el loco,
encarnan al poeta como artista
jugado. Uno era comunista
y el otro casi facho, que no es poco.
Pound puso a la usura como foco
del falaz desorden capitalista.
“El que asalta un banco es un punguista
comparado al fundador, que roba un toco”
dijo Bertolt. Le creo a la poesía,
aunque en terreno ajeno se inmiscuya.
Tengo reservas de la sabiduría
de los doctos augures que hacen bulla:
no están hablando de la economía,
están hablando de la econosuya
.

Soneto 2.

                                           Verde embeleso de la vida humana, 
                                            loca Esperanza, frenesí dorado, 
                                            sueño de los despiertos intrincado, 
                                            como de sueños, de tesoros, vana; 
                                                   alma del mundo, senectud lozana, 
                                            decrépito verdor imaginado; 
                                            el hoy de los dichosos esperado 
                                            y de los desdichados el mañana: 
                                                   sigan tu sombra en busca de tu día 
                                            los que, con verdes vidrios por anteojos, 
                                            todo lo ven pintado a su deseo; 
                                                   que yo, más cuerda en la fortuna mía, 
                                            tengo en entrambas manos ambos ojos 
                                            y solamente lo que toco veo. 

Procura desmentir los elogios que a un retrato de la Poetisa inscribió la verdad, que llama pasión.

                                          Este, que ves, engaño colorido, 
                                          que del arte ostentando los primores, 
                                           con falsos silogismos de colores 
                                           es cauteloso engaño del sentido; 
                                                  éste, en quien la lisonja ha pretendido 
                                           excusar de los años los horrores, 
                                           y venciendo del tiempo los rigores 
                                           triunfar de la vejez y del olvido, 
                                                  es un vano artificio del cuidado, 
                                           es una flor al viento delicada, 
                                           es un resguardo inútil para el hado: 
                                                  es una necia diligencia errada, 
                                           es un afán caduco y, bien mirado, 
                                           es cadáver, es polvo, es sombra, es nada. 

Sunday, September 1, 2013

Romance de la luna luna

Romance de la luna, luna

La luna vino a la fragua
con su polizón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye, luna, luna, luna,
que ya siento los caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.

Preciosa y el aire.

PRECIOSA Y EL AIRE
A Dámaso Alonso
Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.
En los picos de la sierra
los carabineros duermen
guardando las blancas torres
donde viven los ingleses.
Y los gitanos del agua
levantan por distraerse
glorietas de caracolas
y ramas de pino verde.

Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Al verla se ha levantado
el viento que nunca duerme.
San Cristobalón desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira a la niña tocando
una dulce gaita ausente.
-Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.

Preciosa tira el panadero
y corre sin detenerse.
El viento-hombrón la persigue
con una espada caliente.

Frunce su rumor el mar.
Los olivos palidecen.
Cantan las flautas de umbría
y el liso gong de nieve.

¡Preciosa, corre, Preciosa,
que te coge el viento verde!
¡Preciosa, corre, Preciosa!
¡Miralo por dónde viene!
Sátiro de estrellas bajas
con sus lenguas relucientes.

Preciosa, llena de miedo,
entra en la casa que tiene,
mas arriba de los pinos,
el consul de los ingleses.

Asustados por los gritos
tres carabineros vienen,
sus negras capas ceñidas
y los gorros en las sienes.

El inglés da a la gitana
un vaso de tibia leche,
y una copa de ginebra
que Preciosa no se bebe.

Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento furioso muerde.